Tengo 45 años, soy mamá, esposa, ingeniera en Administración de Recursos Humanos… y maratonista amateur.
Pero, sobre todo, soy una persona que aprendió de la forma menos esperada que la vida no siempre avisa cuándo cambiará para siempre.
En 2019 sufrí un ACV isquémico provocado por una disección carotídea. No existían enfermedades previas, ni señales evidentes. Solo ocurrió.
Desde ese momento comenzó un proceso mucho más desafiante que cualquier maratón: volver a habitar mi cuerpo, reconstruir mi autonomía y reencontrarme con la confianza.
El deporte, que antes era pasión, pasó a ser herramienta.
La pista dejó de ser un lugar para competir y se convirtió en un espacio para aprender paciencia, constancia y humildad. Paso a paso, repetición tras repetición, comprendí que la disciplina no es dureza… es amor propio sostenido en el tiempo.
Volver a correr una maratón después de un ACV no fue solo un logro deportivo; fue una declaración: el progreso existe incluso cuando es lento, incluso cuando nadie más lo ve.
En paralelo a mi vida profesional dedicada por más de dos décadas al desarrollo de personas y formación descubrí que las mismas habilidades que aplicamos en organizaciones sirven también para reconstruir la vida: planificación, adaptación, aprendizaje continuo y trabajo en equipo. Solo que, esta vez, el equipo incluía médicos, kinesiólogos, familia… y mucha paciencia conmigo misma.
Hoy comparto mi experiencia porque sé que todos enfrentamos procesos distintos: salud, trabajo, pérdidas, cambios o incertidumbres.
Mi historia no trata de correr rápido, sino de no detenerse. No habla de motivación pasajera, sino de perseverancia diaria.
Si algo he confirmado en este camino es que la resiliencia no es un talento especial. Es una decisión que se practica.
Y cuando se practica lo suficiente… termina transformándose en una forma de vivir.

